Un señor con bigote

Llegué tarde al velatorio. Yo sólo quería cumplir, dar un pésame breve y largarme por piernas, que a mí nunca me gustaron las cosas de muertos. Pero cuando me presenté en el lugar, pues fíjate, resulta que todavía no había llegado el fiambre. Me invitaron a entrar en la pequeña sala que habían habilitado para dejar el féretro y me senté en una de las sillas junto a la pared. Antes pude ver a la viuda, una señora mayor, en la habitación del fondo, pero estaba llorando acompañada de las que supongo que eran sus hijas o sus nueras y no me atreví a acercarme para darle el pésame, así que no tuve más remedio que entrar en aquella claustrofóbica habitación que ya olía a muerto. En cuanto se acercara la pobre mujer a la puerta, un lo siento mucho, un así es la vida y hasta luego que tengo prisa.

“Fue un accidente de trabajo”, dijo el hombre de bigote que tenía justo frente a mí. Estaba trabajando en una obra en la capital y le cayó algo encima, aunque en lo que le cayó no se ponían de acuerdo los presentes. Lo que parecía claro era que lo que fuera le dio en la cabeza y lo descalabró, pero conforme avanzaba la conversación y nuevos contertulios se incorporaban a la misma el objeto en cuestión fue aumentando amenazadoramente su tamaño y su consistencia, y se llegó a un punto en el que el pobre hombre había muerto completamente aplastado. “Joder, espero que lo traigan con la tapa del féretro cerrada”, pensé. Menos mal que el hombre del mostacho cambió el curso de la plática, que había tomado unos tonos excesivamente morbosos. Empezó haciendo algún comentario sobre el tiempo, algo lluvioso aquellos días, y después contó una anécdota sobre lo que le pasó anteayer en su trabajo. En pocos minutos el ambiente se había distendido. Qué hábil había sido ese individuo… Tenía un bigote antiguo, de galán de las películas mexicanas de antes, una mirada algo mustia y desabrida que le daba un porte de persona ilustre venida a menos y un flequillo apelmazado sobre la frente que describía una curva como dibujada con un compás. Indudablemente ese hombre tenía un don natural para conducir velatorios, y lo seguía demostrando…

…y el resto, en este libro…