30 años no son nada

Una de las cosas que me sorprendían cuando leía en el colegio los libros de historia es lo rápido que algunos países cambiaban sus alianzas en las guerras. Una década España luchaba contra Francia, la siguiente se aliaba con Francia para luchar contra los Ingleses. ¿Cómo podía suceder algo así? ¿No eran enemigos? ¿Ahora son aliados?

Pero me hecho mayor, he sido testigo del paso del tiempo durante un buen puñado de décadas, y lo entiendo mejor. En los últimos 30 años he presenciado la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética; el auge de China como superpotencia capitalista; la desintegración de países, de forma violenta, como Yugoslavia, o de forma pacífica, como Checoslovaquia; guerras salvajes como las de Ruanda o el Congo; la caída de las Torres Gemelas, las invasiones de Afganistán e Irak, las revoluciones árabes; la llegada de un afroamericano a la presidencia de Estados Unidos, y también la llegada de un señor anaranjado; la irrupción de Internet, de las redes sociales, de los móviles; varias crisis económicas globales; una pandemia. Todo esto en poco más de 3 décadas, en lo que viene a ser una generación.

Volviendo a mi juventud, cuando me sorprendía de que las cosas cambiaran tanto entre, por ejemplo, 1630 y 1660, bueno… Pues sí, las cosas pueden cambiar bastante en un puñado de años.

Regreso al Futuro en Belfast

John DeLorean fue un igeniero norteamericano, hijo de inmigrantes de Rumanía y Hungría, que tras convertirse en uno de los ejecutivos estrella de General Motors decidió crear su propia empresa de automóviles.

El mítico DeLorean de “Regreso al Futuro” fue el coche que su compañía creó, un automóvil con el que pretendió hacer frente a las grandes empresas del sector. Pero sus sueños fueron más grandes que su capacidad de gestionar un desafío como aquel y su inclinación por la vida lujosa y por las trampas contribuyó a su caída. En su desesperación intentó vender cocaína a gran escala, sin saber que en realidad estaba negociando con agentes del FBI.

Su plan para construir el coche del futuro le llevó a montar la fábrica en Belfast, a finales de los 70, un tiempo en el que aquella región era una zona de guerra. El gobierno británico, ávido por encontrar inversores que dieran trabajo a la zona con más desempleo de Europa, subvencionó la fábrica con decenas de millones de libras, y durante un par de años esta fábrica se convirtió en el único lugar de esa región donde los católicos y protestantes convivían en paz. Un gran éxito sociológico, con unos efectos a largo plazo que hubieran sido muy positivos. La pena es que el negocio de DeLorean estaba destinado al fracaso, en buena medida debido a su personalidad y sus dotes como empresario.

Cuando más arreciaban sus críticas, cuando ya se sabía que había intentado vender cocaína por millones de dólares, un documental sobre esta historia muestra una mujer a las puertas de la fábrica que está a punto de ser cerrada a principios de los 80 que dice: “Trabajaría con el diablo si me pagara un sueldo”.

Los valores morales de cada uno de nosotros se adaptan a nuestro contexto. A esta mujer, que vivía en una de las zonas más peligrosas y más pobres de Europa, no le importaba que su jefe vendiera droga y que fuera un empresario desastroso. Lo que le importaba era hacer llegar un sueldo a su casa. Por supuesto.

Animales de costumbres

Vivimos en un mundo lleno de opciones. En el supermercado disponemos de todo tipo de frutas, podemos elegir vinos de diferentes países o yogures con diferentes niveles de protección para nuestra flora intestinal. Ponemos la tele y perdemos un buen rato en elegir qué canal, qué película, qué serie ver. Podemos ir de vacaciones al campo, a la playa, visitar una ciudad extranjera, coger un avión que nos lleve a un país exótico. Toda la música a nuestra disposición en las plataformas digitales por un módico precio, todos los libros del mundo…

Pero la realidad es que nos aventuramos muy poco fuera de nuestra zona de confort. Entre toda esta diversidad tendemos a elegir siempre lo mismo, o parecido, o algo no radicalmente diferente. En relación a toda esa gran oferta, la aprovechamos poco. Probar algo nuevo siempre requiere algo esfuerzo e implica un riesgo, el riesgo a que algo no te guste, y este riesgo, azuzado por nuestra pereza innata, hace que volvamos a elegir lo mismo que la última vez.

Es lo que tiene ser animales de costumbres.

Fake News, no so new

Las “Fakes News”, una de las expresiones que están más de moda hoy en día, una novedad de estos tecnológicos tiempos en los que vivimos… ¿o no?

La expresión “Fake News” es nueva, pero su concepto no lo es, ya que ha sido habitual a lo largo de la historia de la humanidad: la caza de brujas, la leyenda negra que Inglaterra difundió sobre España, Octavio Augusto acusando a Marco Antonio de borracho, los periódicos americanos acusando a España de explosionar el Maine en la Habana, las acusaciones de los británicos durante la Primera Guerra Mundial acerca de los alemanes extrayendo grasa de los soldados muertos para hacer jabón…

Y, por qué no, tocando temas más sensibles para algunos, los sucesos milagrosos que son el fundamento de muchas religiones, los ovnis, los fantasmas…

Propaganda, leyendas urbanas, confusiones que se convierten en verdades oficiales, el poder de las “fake news” en el pasado fue probablemente mayor del que es ahora, porque hoy las desinformaciones se propagan de forma vertiginosa gracias a las redes sociales, pero al mismo tiempo existen más mecanismos para contrastar la información. ¿Qué posibilidad tenía una persona de hace cientos de años, viviendo en un pueblo, de entender lo que realmente pasaba a su alrededor? Si le contaban a la luz de la chimenea que existían mujeres que pactaban con el diablo por las noches, que eran las responsables de los males que sufría su región, dicho por personas “respetables” de su comunidad, pues lo más seguro es que se lo creyera y estuviera a favor de quemar en la hoguera a esas mujeres.

El hecho de que seamos conscientes de las “fake news”, de sus peligros, de que seamos capaces de identificarlas, nos pone en una situación mucho mejor de la que tenían nuestros antepasados.

42 y sistemas económicos

El día que hayamos desarrollado esa inteligencia artificial a la que preguntarle cuál es “el sentido de la vida, del universo y todo lo demás”, lo que de verdad tenemos que preguntarle es cuál es el sistema económico y político más adecuado para disfrutar de una sociedad lo más equilibrada posible.

Lo más seguro es que responda “42”, porque ni la inteligencia artificial más poderosa será capaz de resolver ese problema.

YouTube, Speaker Corner

En Hyde Park, en Londres, existe una tradición que se remonta a mediados del siglo XIX, los domingos por la mañana cualquier persona que sienta que tiene algo que decir se sube a un taburete y arenga a los transeúntes. Es el Speaker Corner, una de las atracciones que más me llamó la atención de Londres cuando lo visité por primera vez allá por 1996. En su momento un símbolo de la libertad de expresión, hoy ha degenerado en un lugar donde personajes cuestionables dan rienda suelta a su verborrea e ideas absurdas. Pero resulta simpático por lo inofensivo que es. Hoy en día no hace falta subirse a un taburete para compartir ideas, hay muchos más medios. Uno de ellos es YouTube, pero éste es menos simpático porque de inofensivo no tiene nada.

Por ejemplo, el individuo Steven Crowder. Es uno de los agitadores políticos más conocidos en Estados Unidos, a través de su canal de Youtube defiende sus puntos de vista conservadores y a su líder espiritual Donald Trump.

Es lo que tiene la libertad de expresión, tenemos que aceptar que existan individuos, de cualquier espectro político, que defiendan sus puntos de vista, conservadores o izquierdistas, aunque rayen en lo extremista o políticamente incorrecto. Es legítimo, incluso si sirven para defender personajes cuestionables como Donald Trump o Nicolás Maduro, por poner un par de ejemplos.

El problema es que en los medios disponibles hoy en día, tipo YouTube, se prima más el espectáculo que la calidad informativa. Un individuo como Steven Crowder utiliza su verborrea y actitud bravucona para inundar sus comentarios de hechos y datos que o son palmariamente inciertos o son muy cuestionables. Este individuo ha sido lo suficientemente hábil como para crear un fachada de “apertura mental” a través de su propuesta “Change my mind”, en la que se sienta con individuos de la calle para debatir de temas controvertidos. Es pura fachada porque él no intenta escuchar para ver si puede ser convencido, sino que se comporta como un matón que machaca verbalmente a sus oponentes. Porque lo hace, es definitivamente hábil en el debate, pero de una forma sucia, dando golpes bajos con sus datos falsos, con sus deducciones falaces, abusando de contrincantes que encuentra por la calle y que no tiene su mismo “peso”, como si un peso pluma peleara con un peso semipesado.

El video que tengo ahora mismo en la pantalla de mi televisor es “The COVID Death Count is Inflated”, grabado en Junio de 2020. Estados Unidos ha llegado a 400.000 muertos por COVID en Enero de 2021, y este personaje no tiene la vergüenza torera de retirar su video del canal. Porque uno puede estar equivocado, confundido durante un tiempo, la avalancha de información confusa nos puede liar a todos. Pero que no sea capaz de rectificar cuando las evidencias son palmarias…

Y este individuo ha incendiado con sus videos el par de meses que ha mediado entre la elección de Trump y el asalto al Capitolio por parte de sus seguidores, echando gasolina con sus videos con el hastag #StopTheSteal.

Pero más allá de que este personaje podría ser llamado al orden, el problema está más en el sistema que existe hoy en día. Si no fuera él, sería otro, el hueco está ahí para que alguien lo ocupe. La solución ideal es subir el nivel del espíritu crítico de todos los ciudadanos, de tal forma que por mucho canal de YouTube que una persona tenga, si dice gilipolleces simplemente no tendría seguidores, sería ignorado.

Subir el espíritu crítico de la población… ¿Cómo se hace eso?

¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

“Shuffle Play” es una herramienta nueva que Netflix va a poner a disposición de sus subscriptores en la segunda mitad de este año.

Netflix sabe que los usuarios nos pasamos mucho tiempo tratando de encontrar algo nuevo para ver, como si fuéramos drogatas en busca de un nuevo chute, y aunque ya tiene algoritmos que sugieren al usuario nuevos programas, no es suficiente.

Así que han creado otro algoritmo más potente, se supone, que decidirá por ti el siguiente programa que “quieres ver”. Dicen que lo están probando y los resultados son muy buenos… ¿seguro?

Por una parte soy escéptico de que el algoritmo sea capaz realmente de predecir algo que me vaya a gustar, pero eso es lo de menos. Lo realmente preocupante es el peligro de delegar en otros lo que es mejor para nosotros, en externalizar las decisiones a “cajas negras”. Uno puede decir que esto es realmente lo que ha sucedido durante muchos años en los medios tradicionales, forma parte de nuestra infancia el consultar la guía de televisión en el periódico para saber que iban a poner en la tele esa noche. Pero tras todas estas oportunidades que brinda Internet, ¿realmente vamos a dar un paso atrás para volver a lo de antes?

Somos como pájaros que han vivido encerrados en una jaula toda la vida. Nos abren la puerta y no queremos volar.

Lo normal

Las pandemias son cosas del Neolítico. Antes, cuando cazábamos y recolectábamos y vivíamos en pequeños grupos que iban por aquí y por allá, los virus no disfrutaban tanto con nosotros, ya que no disponían de de mercados, estaciones de metro o estadios de fútbol por los que propagarse. Algo que frustraba a estos microbios con tanto afán de notoriedad, porque si surgía una mutación mortal y acababa con una tribu, ¿quién iba a enterarse? A saber cuantas tribus en la historia han desaparecido de la faz de la tierra así y no se ha enterado ni el tato.

Pero fue ponerse a plantar y criar ganado, a apelotonarse en ciudades insalubres, a comerciar y guerrear, y ahí sí, ahí los virus ya sí que sí… Y, lo que faltaba para apuntalar su ego, los documentos escritos de los estragos que causaban, cuanto más confusos mejor, porque, claro, los que escribían por aquellos tiempos no sabían ni de métodos científicos y ni de como describir como dios manda unos síntomas, y con la querencia por las supersticiones por aquel entonces lo mismo le echaban la culpa a un gato, que utilizaban gatos asados con grasa de erizo para las curas. Cientos, miles de epidemias que devastaban regiones enteras, era algo normal pero la globalización permitió hacer un “upgrade” a estos desastres para convertirlos en pandemias, un término algo ambiguo pero que viene a ser algo así como una epidemias que cruza un continente. Desde ese punto de vista, los romanos son los que tienen el dudoso privilegio de ser los primeros en conseguir el grado de pandemia, cosas de sus calzadas, sus guerras y sus comercios, que contribuyeron a que una peste, al que bautizaron antonina, asolara el Imperio entre los siglos II y III d.C.

Y aquí merece la pena detenerse un momento para destacar el efecto transformador de estos jodidos virus. Porque arrasar con la población de un lugar tiene efectos sociológicos, económicos, culturales e incluso espirituales. Se dice que, por ejemplo, que la peste antonina ayudó a cristianizar a los romanos por la cosa del exótico planteamiento de esta nueva religión con lo de amar al prójimo y eso, lo que les hizo quedar muy bien frente a los representantes de otras religiones, que huían de las plagas en cuanto las olían.

“Pestes” o “plagas”, que eran los términos que se utilizaban en el pasado para referirse a enfermedades que arrasaban regiones, han habido muchas, de gripe, de tifus, de viruela, de sarampión, la afamada bubónica, fiebre amarilla, difteria… Y en muchos casos se pueden relacionar el inicio de cambios históricos con el vacío literal que dejaron las muertes de las epidemias, como por ejemplo, las muertes de las pestes del siglo XIV en Europa con el inicio de la revolución industrial o el desarrollo de la esclavitud en la Edad Moderna.

Ahora lo podemos presenciar en vivo y en directo, con la pandemia que le ha tocado a nuestra generación. Ya notamos los cambios en el corto plazo en relación a la forma de trabajar y de relacionarse. Los efectos a largo plazo están por ver, pero seguro que más de una cosa del siglo XXIII encontrará sus raíces en lo que estamos viviendo estos días.

Experimentos

El Gran Colisionador de Hadrones (LHC; en inglésLarge Hadron Collider) es el acelerador de partículas más grande y de mayor energía que existe y la máquina más grande construida por el ser humano.

Está entre Francia y Suiza, se acabó en 2008, 10.000 científicos trabajan en él, entre la construcción y el mantenimiento cuesta alrededor de 5.000 millones de euros. Un gran laboratorio científico en el que ejecutar experimentos que persiguen entender mejor la física cuántica y la teoría de la relatividad. Los resultados de estos experimentos son publicitados en los periódicos de vez en cuando, aunque el común de los mortales no seamos capaces de entenderlos: que si supersimetría, que si el bossom de Higgis, que si “una anomalía en la distribución angular de los productos de descomposición del mesón B que el Modelo estándar no podía predecir”, que si “exceso moderado alrededor de 750 GeV en el espectro de masa invariante de dos fotones”…

Y esto está muy bien, que el desarrollo de la ciencia ya no está para individuos que piensan muy fuerte cerrando los ojos en un laboratorio casero en su casa, el siguiente nivel de conocimiento requiere de el trabajo colectivo de grandes equipos de científicos y cacharrines muy caros para probar teorías. Así que muy a favor de estos esfuerzos para desarrollar la ciencia.

Lo que me pasa es que los físicos, a pesar de que sus temas de estudios se han vuelto muy esotéricos, se las han apañado para conseguir un buen montón de dinero para hacer sus experimentos, mientras sociólogos, antropólogos y economistas no se han puesto de acuerdo para proponer infraestructura, presupuestos y experimentos de similar calibre para responder a las muchas preguntas que estas ciencias tienen abiertas. Está claro que su nivel de madurez no está al nivel de la Física, además de lo “opinable” que son sus temas de estudio: cuál es la mejor forma de gestionar la Sanidad Pública es algo más debatible que la asimetría de los hadrones exóticos, pero al mismo tiempo es una pregunta mucho más importante que responder.

Quién sabe, a lo mejor el futuro nos puede deparar un “Gran Colisionador de Fuerzas Sociales” en el que desarrollar múltiples experimentos y responder a preguntas más importantes y reconocibles que la naturaleza de los “pentaquarks”.

Actividades grupales

Hace años, siendo un adolescente, leí la novela “Sin novedad en el frente”, escrita por escritor alemán Erich Maria Remarque en los años 20. Cuenta el sinsentido de la Primera Guerra Mundial desde el punto de vista de un joven soldado alemán.

De esta novela quedan en mi memoria algunas escenas que me impactaron, como la del protagonista viajando en el tren para ver a su familia por unos días, por un permiso que le han dado, para volver luego otra vez a los horrores de la guerra de trincheras. Y otro de los momentos que recuerdo es cuando unos cuantos soldados se juntan para cagar juntos en el campo, mientras hablan y bromean.

¿Cagar juntos? En el mundo en el que vivimos hoy en día es algo bastante inusual, las casas de hoy proporcionan una intimidad en la que no es posible una cagada comunitaria, simplemente no tenemos letrinas pegadas una junto a otra. Pero en el pasado era diferente. El ejemplo más notorio son las letrinas romanas, lugar que invitaba a animadas conversaciones mientras la gente “enviaba sus faxes”.

Realmente no se sabe lo suficiente acerca de como se cagaba en el pasado, en parte porque hasta hace poco ha sido un tema que no atraía a los investigadores, temerosos de ser tratados con pitorreo en sus comunidades académicas. Dedicarte durante años a este tema frente a otros más prestigiosos requiere espaldas anchas, pero es un terreno “fértil” e inexplorado que acabará siendo tratado debidamente.

En todo caso, las infraestructuras que disponemos hoy en día para desahogarnos en la intimidad es algo reciente, durante la mayor parte de la historia de la humanidad se ha hecho como buenamente se ha podido y probablemente era una actividad más “social” de lo que es hoy en día.

Cosas del avance de la humanidad.