30 años no son nada

Una de las cosas que me sorprendían cuando leía en el colegio los libros de historia es lo rápido que algunos países cambiaban sus alianzas en las guerras. Una década España luchaba contra Francia, la siguiente se aliaba con Francia para luchar contra los Ingleses. ¿Cómo podía suceder algo así? ¿No eran enemigos? ¿Ahora son aliados?

Pero me hecho mayor, he sido testigo del paso del tiempo durante un buen puñado de décadas, y lo entiendo mejor. En los últimos 30 años he presenciado la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética; el auge de China como superpotencia capitalista; la desintegración de países, de forma violenta, como Yugoslavia, o de forma pacífica, como Checoslovaquia; guerras salvajes como las de Ruanda o el Congo; la caída de las Torres Gemelas, las invasiones de Afganistán e Irak, las revoluciones árabes; la llegada de un afroamericano a la presidencia de Estados Unidos, y también la llegada de un señor anaranjado; la irrupción de Internet, de las redes sociales, de los móviles; varias crisis económicas globales; una pandemia. Todo esto en poco más de 3 décadas, en lo que viene a ser una generación.

Volviendo a mi juventud, cuando me sorprendía de que las cosas cambiaran tanto entre, por ejemplo, 1630 y 1660, bueno… Pues sí, las cosas pueden cambiar bastante en un puñado de años.

China, India

En China e India hay 3.240 millones de personas, un tercio de toda la población mundial. China todavía tiene un poco más de población, 1.440 millones, pero India, con 1.380 la superará pronto.

Una diferencia relevante entre los dos países es la edad media, en China es de 38 años, mientras que en India es de 28 años. Esto implica que China va a tener por soportar una proporción mayor de jubilados frente una India con una población activa mayor, lo que puede tener un impacto geopolítico muy importante en las próximas décadas.

Toda época ha tenido potencias que han rivalizado por la supremacía, desde los griegos frente a los persas, los romanos frente a los cartagineses, los turcos frente a los europeos, los españoles frente a los ingleses, los ingleses frente a los franceses, los alemanes frente a, bueno, todos, los americanos frente a los rusos…

India frente a China va a ser el gran enfrentamiento de la segunda mitad del siglo XXI. No tenemos que olvidar que comparten una frontera común que ya ha provocado varios conflictos armados en los últimos 50 años.

Esperemos que el desarrollo económico, el “factor pacificador” más importante que existe, en estos dos países sea lo suficientemente grande como para evitar conflictos armados a gran escala.

Tanques y oficinas

¿Tiene sentido invertir miles de millones en que el ejército renueve tanques, aviones o barcos? En la época de los ataques terroristas, de los hackers informáticos, los riesgos no están en una invasión a la antigua usanza. De la misma forma que los fabricantes de espadas dejaron de ser importantes hace más de doscientos años, los ejércitos tienen que repensar si vale la pena en invertir en las armas habituales en el último siglo.

Las empresas tienen desafíos parecidos hoy en día. ¿Invierten en edificios de oficinas donde los trabajadores se concentren para trabajar? ¿O invierten en la infraestructura necesaria para permitir el trabajo en remoto? Los tiempos cambian, y las dueños de las zonas de oficinas en las ciudades ya se están planteando reorientar su uso a viviendas.  

Trabajar desde casa, ventaja competitiva

Nunca me ha gustado trabajar en casa. Me gusta separar claramente mi hogar y las implicaciones que tiene de familia, de descanso, de “mi tiempo”…

EL trabajo tiene implicaciones de estrés, de preocupaciones… Puede ser interesante, pero es necesario marcar una línea entre ámbos mundos.

Pero hay que aprender a manejarla, ya que este curso acelerado de trabajo desde casa está demostrando que es posible hacerlo de una forma razonablemente productiva y que es beneficiosa desde diferente puntos de vista.

Ahora falta que las empresas sean lo suficientemente maduras y flexibles para adaptarse a este nuevo paradigma. Las empresas que sean capaces de ser productivas en este contexto tendrán una ventaja competitiva importante.

Diferencias

Las crisis suelen exacerbar las diferencias, ésta del virus no es una excepción.
Los que tienen trabajos peores pagados la sufren más, porque no pueden trabajar desde casa. Los que tienen mejores sueldos suelen poder teletrabajar.
Los que viven en pisos pequeños tienen más riesgos de infectarse e infectar que los que viven en chalets con grandes jardines y gimnasio.
Los que tenían cierto ahorros podrán salir mejor de la crisis que los que estaban en niveles de subsistencia.
Desde este punto de vista, a la salida de esta crisis no nos espera una sociedad más igualitaria.


Una semana de confinamiento al año

No se sabe todavía cómo ni cuándo, pero esta pesadilla tendrá un punto y seguido. Las consecuencias se sentirán por años, décadas, incluso siglos, ya que puede tener un efecto transformador y global.
Los seres humanos tenemos querencia con cosas como la de caer múltiples veces con la misma piedra, tanto es el gusto que tenemos por la mineralogía. Así que con el fin de recordar lo duro que es esto de confinarse y de paso suavizar la presión que ejercemos al medio ambiente y a los animalitos y a los pececillos, deberíamos implantar, a nivel mundial, una semana al año de confinamiento. Una especie de ayuno social colectivo, que nos ayude a levantar el pie del acelerador, mirar a los ojos a las personas con las que convivimos, disfrutar de todo lo bueno que nos rodea justo al alcance de nuestras manos, de recordar lo afortunados que somos con lo que ya tenemos.

Destino vs Inevitabilidad

Lutero fue un personaje fruto de su tiempo. Si le hubieran dado unas fiebres cuando era pequeño y no hubiera llegado a adulto, otra persona con ideas parecidas hubiera surgido, alrededor de la misma zona. Las condiciones estaban ahí: hartazgo de los abusos De la Iglesia, aparición de la imprenta para propagar las ideas, tensiones políticas entre imperio y príncipes…
Lo mismo se puede decir de Newton, Darwin, Einstein, Edison, incluso Hitler. Es cierto que ellos fueron los genios, o los malvados, que dieron con la tecla, pero si no hubieran sido ellos hubieran sido otros, aunque hubiera sido un poco más tarde. Las condiciones para lo que hicieron estaban ahí.
Lo que nos hace sentirnos un poco más hormiguitas, parte de un torrente que se mueve con fuerza, de cuyo curso tenemos poco que decir.

La falacia de los Poderes Ocultos

Estoy empezando a leer un libro, The Age of Surveillance Capitalism, que explica como el Capitalismo está evolucionando a un nuevo estado gracias a la influencia de el “Internet de las Cosas”.
El autor se enrolla lo suyo, pero me interesa su punto de vista porque, sí, el mundo está cambiando a un ritmo vertiginoso, de forma estructural e irremediable.
Todavía no acabo de pillar los puntos fundamentales que propone el autor, es un tocho de libro y como he dicho el hombre tiene un rollo que no veas. Pero empiezo a notar un tufillo a complot, a conspiración, a cambios planificados por mentes maquiavélicas. Y esto siempre me produce rechazo.
¿Por qué? Porque los seres humanos somos por definición chapuceros, y porque la realidad es tan compleja e inabarcable que no hay mente, o conjunto de mentes, que sean capaces de planificar y ejecutar cualquier plan medianamente complicado. Sí a mentes perversas, sí hay egoísmo, sí hay empresas que han descubierto una nueva forma de hacer dinero, pero esto no forma parte de un plan maestro para transformar la economía. La tecnología está suministrando los elementos necesarios para cambiar los fundamentos de sociedad, como en su momento lo hicieron el descubrimiento del fuego, de la rueda, de la agricultura, de la pólvora, de la imprenta… Los individuos más avezados son lo suficientemente inteligentes para aprovechar las oportunidades que estos descubrimientos o invenciones ofrecen, generalmente por puro egoísmo. 
Y tras mas de 20 años trabajando en empresas, concretamente en IT y Data, he visto lo chapuceros que podemos llegar a ser cuando trabajamos en proyectos complicados.
La chapuza es innata al ser humano. No hay planes maestros.

Viejuno

Esta semana fui al banco a solucionar unos temas con mis cuentas. Hoy en día se pueden hacer muchas cosas on-line, pero hay todavía algunas para las que es necesario ir a la oficina.
Así que ahí estaba, con mi mujer, frente a un chico joven que trataba de seguir un guion pre-establecido que le habían marcado desde la central. Sólo necesitábamos que pusiera a nombre de ambos unas de las cuentas, pero le tomó más de una hora atendernos. Entre que tomaba nota de “nuestra situación” y nos ponía videos para que entendiéramos lo que firmábamos, nos puso de los nervios. El ambiente “naftalino” del lugar no ayudaba, el traje que le venia grande al chaval tampoco.
Cada vez quedan menos oficinas bancarias. Después de la experiencia de esta semana, no me sorprende. En Internet encuentras más comodidad y servicios que en una oficina o lo que una única persona puede ofrecerte. Y lo mismo aplica al resto de negocios. Desde tiendas de ropa a electrodomésticos, pasando por los supermercados. El negocio tradicional que hemos mamado de pequeños está desapareciendo.
¿Es bueno o es malo? No lo sé, sólo sé que es inevitable. 
Hay que recordar que lo que hoy nos parecen “cosas de toda la vida”, no lo son. Las tiendas de hoy en día son cosas del siglo XX, antes no existían. Como antes no existían LP’s o videos VHS. Fueron cosas pasajeras. Las “tiendas” han tenido su época, y su época se está acabando.
C’est la vie.

Imponer vs Contribuir

Pagar impuestos no mola. Pero, bueno, en realidad sí mola.

La propia palabra “impuesto” no ayuda a percibirlos de una forma positiva. “Imponer” implica obligación, coherción, falta de libertad y, si me apuras, sugiere incluso algo de violencia.

Pero con los impuestos se hacen cosas chulas: carreteras, hospitales, escuelas, cultura… Pagar impuestos implica contribuir al bien común y eso es algo bonito, ¿no?

Vale, que hay otras cosas que no molan: corrupción, despilfarro, demasiados políticos y funcionarios, armas… Pero todo esto se puede arreglar, es cuestión de ponerse y ser más exigente, tener más controles, más eficiencias, y, por qué no, cambiar la percepción de los impuestos, empezando por el nombre.

¿Y si los llamaramos de otra forma? ¿Algo que implique ideas más positivas? Algo relacionado con contribuir, ayudar, cooperar…

Las palabras son importantes.