¿Reptilianos en Albacete?

Pensaba que las acusaciones de pertenecer a una raza extraterrestre de reptiles se centraban únicamente en personajes norteamericanos, pero resulta que no, que hay quien dice que Zapatero, Piqueras y la Carbonero forman parte de esta élite que controla el mundo, basándose en supuestos rasgos que los delatan.
Pero está claro que el conspiranoico de turno está diciendo gilipolleces. Piqueras es paisano, de Albacete, y es imposible que en esta manchega tierra haya puesto los pies ningún reptil extraterrestre: los habríamos echado a pedradas.

Por culpa de mi cerebro reptiliano

David Icke, el que dice que le planeta está controlado por reptiles extraterrestres, se está convirtiendo en mi conspiranóico favorito. Resulta que la parte reptiliana de mi cerebro es la que me convierte en un descreído de todas las papanatas que tipos como él sueltan:

Indudablemente es una persona inteligente, que es capaz de absorber mucha información y elaborar complejas deducciones a partir de ella. Pero sus neuronas se conectan formando rutas sorprendentes, disparatadas y caricaturescas. No estoy seguro de si se cree todo lo que dice o simplemente es una impostura para seguir con un negocio que le reporta grandes beneficios, con sus libros, su página web, sus conferencias y sus miles de seguidores en todo el mundo.

De la Ficción a la Conspiración

Una historia nace para ser contada como simple entretenimiento: seres de otros planetas vienen a visitarnos o a invadirnos, como en “La Guerra de los Mundos” de H.G. Wells, publicada en 1898. Lo de si los extraterrestres existen es una idea atractiva, fruto del despertar que supone darnos cuenta de que el Universo es inmenso y lleno de posibilidades. El principio del siglo XX ve como las revistas de Ciencia Ficción se multiplican y se llenan de hombrecitos verdes y naves espaciales. Esta imagen, por ejemplo, es de una revista de 1929:

En 1947, poco después de la peor guerra en la historia de la humanidad, del inicio de la era atómica, se producen los primeros avistamientos de platillos volantes, de OVNIs. Desde entonces miles de personas dicen haberlos visto, ser contactados, abducidos o incluso violados por seres extraterrestres.
Una idea nacida para el entretenimiento o el desafío intelectual se convirtió en una realidad virtual para los millones de personas que creen que somos visitados o incluso controlados por los aliens, en una pseudociencia infestada de charlatanes que confunden la imposibilidad de negación de las ideas más peregrinas con pruebas irrefutables de su existencia.
Vamos a un pasado más reciente, uno en el que muchos de nosotros hemos formado parte. Años ochenta, serie de televisión que fascinó a los de mi generación: V. El planeta es invadido por una raza extraterrestre de lagartos, con Diana como malvada principal, aquella que se zampaba los ratones de un bocado.

No me atrevo a verla de nuevo, las series ochenteras no aguantan bien el paso del tiempo, pero como fuente de entretenimiento para un niño de 12 años, esta batalla entre extraterrestres y humanos no estuvo nada mal.
Pocos años después, a principios de los 90, a un presentador de deportes de la BBC, David Icke, se le va la olla tras visitar a un vidente que le revela que él es un sanador con una misión en la Tierra. Él es la persona que va a revelar a la Humanidad la atroz verdad que se nos está ocultando: que estamos controlados por una raza de reptiles extraterrestres que dominan el mundo. Viven en instalaciones subterráneas, comen niños, toman formas humanas, de hecho mucho de nuestros gobernantes, como Bush o la Reina de Inglaterra, son lagartos, incluso de cantantes country como Kris Kristoferson o Boxcar Willie también lo son.

Casi veinte libros después, hoy en dí­a es un conferenciante con miles de seguidores en todo el mundo, que verdaderamente creen en sus visiones apocalípticas, conspiranoicas, en su mejunje de ideas prestadas de las más diversas y extravagantes fuentes (en sus libros más recientes, por ejemplo, llega a incorporar elementos de la película The Matrix).

Más allá de lo preocupante que puede ser que una persona con algún tipo de desorden mental obsesivo-compulsivo pueda llegar a tener una legión de seguidores en Internet y de paso ganarse la vida muy bien, lo interesante es ver como las creaciones mentales, los memes, por muy ridí­culos que puedan llegar a ser, si son lo suficientemente atractivos, si tienen un “mercado”, se propagan, son infecciosos, mutan, se reproducen y algunos, los más aburridos, mueren.

Porque en el fondo se trata de puro entretenimiento. Cómo mola pensar que la realidad está plagada de extraterrestres, de seres sobrenaturales, de milagros, de complots, en lugar de inspectores de hacienda, de colas del supermercado, de madrugones para ir a trabajar o de inoportunas almorranas.

Que la Fuerza os acompañe.

Los reptiles extraterrestres dominan el mundo…

Va por delante que soy ateo, escéptico y bastante cabezón. No es que confíe ciegamente en la Ciencia, porque reconozco sus limitaciones, pero desconfío de todo aquello que huela a esotérico o pseudociencia.

El caso es que conocí hace algún tiempo a un compañero de trabajo al que tengo bastante aprecio. Solíamos comer juntos por lo que poco a poco trabamos una buena amistad y disfrutamos de bastantes horas de entretenidas conversaciones y debates, cuya temática fue adentrándose paulatinamente en terrenos que a él le apasionaban: astrología, numerología, reencarnaciones, teorías de la conspiración… Desde puntos de partida diametralmente opuestos cuestionábamos las posiciones del otro sin llegar nunca a un mínimo acuerdo en nada.

Pero a mí me fascinaba ese mundo mágico en el que él creía, todo un universo de explicaciones fantásticas que no parecía tener fin. No era un mero aficionado a estos temas, como creía al principio, sino que se confesó todo un estudioso que era capaz de dar coherencia a las, para mí, más disparatadas teorías. Creencias que iban ganando en complejidad para garantizar su coherencia interna: los americanos no llegaron a la luna, fue todo un montaje, y los rusos, enemigos acérrimos del momento, no lo denunciaron porque la rivalidad norteamericano-soviética no era más que un montaje organizado por el verdadero gobierno en la sombra del planeta: una raza de reptiles extraterrestres que controlan el mundo desde tiempos inmemoriales, que viven mayoritariamente en enormes estructuras subterráneas, aunque algunos de ellos adoptan formas humanas, como el propio George W. Bush, que es uno de ellos. No, no es coña, hay gente que cree en cosas así. Y hay muchas otras historias que me contó, y que me arrepiento no haber anotado porque eran realmente deliciosas: los aviones realmente vuelan por sistemas de antigravidez ocultos en sus alas, las teorías de Newton y Einsten son sólo patrañas para engañarnos, los niños que desaparecen en el mundo son devorados por una selecto grupo de adinerados masones, no hay que vacunar a los niños porque todo forma parte de un plan para atontarnos y controlarnos mejor…


Pero lo que me fascinó no es que alguien pueda creer en tremendos disparates. Lo que me dejó perplejo fue mi incapacidad para rebatir sus argumentos porque según él yo era el equivocado, el desinformado, el engañado y encontraba argumentos para contrarrestar cualquier punto, formando una auténtica bola de nieve de disparates.

La materia prima de nuestras creencias reside en una serie de axiomas, de fe en unos principios. Los míos se basan en la Navaja de Ocam, en un reconocimiento de que todo es más simple de lo que parece, de que la complejidad de la realidad no puede ser controlada por nadie, que no tiene por qué haber nadie controlándolo todo. Pero también reconozco que mi fe en la Ciencia hace que me “crea” muchas de sus teorías aunque no sea capaz de explicarlas realmente (no soy capaz de explicar porque la materia se atrae en función de su peso y de su distancia). Otras personas, en cambio, parten de axiomas diameltralmente opuestos y en base a ello pueden construir realidades totalmente diferentes, ya se trate de escenarios basados en reptiles extraterrestres, en un Dios católico o en un mundo sin deidades. 

Por tanto, sin acuerdo en los puntos de partida más básicos no puede haber punto de encuentro y a partir de ahí cualquier cosa, por extremadamente ridícula que parezca, es posible… Aunque no lo sea (valga la contradicción).