30 años no son nada

Una de las cosas que me sorprendían cuando leía en el colegio los libros de historia es lo rápido que algunos países cambiaban sus alianzas en las guerras. Una década España luchaba contra Francia, la siguiente se aliaba con Francia para luchar contra los Ingleses. ¿Cómo podía suceder algo así? ¿No eran enemigos? ¿Ahora son aliados?

Pero me hecho mayor, he sido testigo del paso del tiempo durante un buen puñado de décadas, y lo entiendo mejor. En los últimos 30 años he presenciado la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética; el auge de China como superpotencia capitalista; la desintegración de países, de forma violenta, como Yugoslavia, o de forma pacífica, como Checoslovaquia; guerras salvajes como las de Ruanda o el Congo; la caída de las Torres Gemelas, las invasiones de Afganistán e Irak, las revoluciones árabes; la llegada de un afroamericano a la presidencia de Estados Unidos, y también la llegada de un señor anaranjado; la irrupción de Internet, de las redes sociales, de los móviles; varias crisis económicas globales; una pandemia. Todo esto en poco más de 3 décadas, en lo que viene a ser una generación.

Volviendo a mi juventud, cuando me sorprendía de que las cosas cambiaran tanto entre, por ejemplo, 1630 y 1660, bueno… Pues sí, las cosas pueden cambiar bastante en un puñado de años.

El origen de cualquier nación

Los españoles somos descendientes de soldados romanos que fueron licenciados en la península ibérica tras derrotar, someter y emulsionarse con sus habitantes.

De la misma forma que los mejicanos, por poner un ejemplo, son descendientes de españoles que derrotaron, sometieron, se emulsionaron con mayas y aztecas.

Los nacionalismos exacerbados parecen olvidar el mestizaje, la violencia, las injusticias y el artificio que origina cualquier nación.

No lo olvidemos.

Y lo sabes…

España fue la potencia mundial de los siglos XVI y XVII. Francia de los siglos XVII y XVIII, Inglaterra de los siglos XVIII y XIX, Estados Unidos ha sido la potencia hegemónica de buena parte del siglo XX. En el XXI la que apunta maneras es China, sin dejar de lado a la India.

Mola ser primera potencia. O, mejor dicho, lo supongo, porque a mi no me tocó vivir la parte “gloriosa” del imperio español, sino las olas de frustración y desengaño que todavía perdura en el espíritu ibérico a pesar de todos estos siglos que han pasado. Y ahora vivo en Inglaterra, un país que tiene mucho más reciente la bajada de categoría, un país en el que todavía se puede sentir esa actitud altiva por su pasado reciente aunque el presente ya sea otro.

También se nota en lo que nos llega de Estados Unidos, donde el manoseado “Make America Great Again”, usado ya durante varias décadas, es un intento vano para frenar su decadencia. Pensaban que vencido el Comunismo su hegemonía iba a ser incontestable y están viendo como China les está adelantando por el otro lado.

Ley de vida, amigos americanos. Son cosas que pasan, que nos lo pregunten a nosotros, los españoles. O a Julio Iglesias: “… unos que ríen, otros llorarán… la vida sigue igual…”

Tropezar en miles de piedras

Apenas llevamos un puñado de miles de años de Historia y sólo los últimos siglos con hechos bien documentados. Para antes de la escritura sólo tenemos la paciente labor detectivesca de los arqueólogos.

¿Cómo se verá la Historia desde un futuro más o menos lejano? Pongamos, el año 100.000, cuando la cantidad de hechos documentados sea enorme, tanto por los siglos cubiertos como por el detalle registrado. ¿Seremos capaces de ver los errores repetidos, la majadería de las diversas generaciones, seremos capaces de aprender de todo ello y mejorar en algo?

Selfies

Los espejos hoy en día son normales, estamos muy familiarizados con nuestra rostro, nos vemos todos los días en uno. Pero esto es algo relativamente reciente. Hasta la Edad Media eran muy rudimentarios y escasos, pero la tecnología relacionada con la creación de cristales evolucionó a partir del siglo XIII y el Renacimiento empezó a llenarse de autorretratos. ¿Qué mejor modelo que uno mismo?

Pero, ¿nos hemos pasado de frenada? ¿Nos miramos demasiado en el espejo?

El futuro de la guerra es el futuro del mundo

Ha sucedido repetidas veces a lo largo de la historia.

Aprendimos a lanzar piedras y empezamos a matar a distancia.

A la piedra le incorporamos un palo y la convertimos en una lanza, aumentando así su precisión, su maniobrabilidad y su potencia.

A alguien se el ocurrió utilizar otro palo y una cuerda para inventar un arco, y nuestro radio de acción se multiplicó. Por el camino extinguimos mamuts, grandes felinos, conquistamos territorios, arrasamos poblados.

Luego le vino el turno a los metales, cobre, primero, hierro después. Los que disponían de los secretos del hierro levantaron imperios y esclavizaron a los perdedores.

Tiempo después el gran salto evolutivo en la guerra fue la pólvora. Los cañones acabaron por convertir en inútiles las murallas que rodearon durante miles de años las ciudades. Los mosquetes empezaron a cambiar la lucha cuerpo a cuerpo por la muerte a distancia. Los rudimentarios mosquetes evolucionaron hasta ingenios que vomitan muerte a cientos de veces por minuto.

Al mismo tiempo la muerte empezó a venir por el aire, matar se convirtió en algo más distante y masivo.

La cumbre tecnológica en el arte de matar llegó con las bombas atómicas, acabar con toda una región apretando un botón a miles de kilómetros de distancia.

Las tecnologías militares han dado forma al mundo, el mundo es como es hoy debido en buena parte a las armas que han estado a disposición de los seres humanos en cada momento de su historia. Es cierto que la evolución exponencial en la capacidad de matar no está relacionada con el número de muertos. Hoy podemos matar mucho más y más eficientemente que en ningún momento de la Historia, pero como defiende Steve Pinker hoy muere menos gente por guerras que antes. De alguna forma también ha crecido de forma exponencial el lado positivo del concepto “civilización”. Sin embargo vivimos en un peligroso equilibrio, un sólo evento catastrófico puede arruinar las estadísticas, un “cisne negro” decisivo y mortal.

Una nueva generación de armas es una nueva vuelta de tuerca que va a transformar nuestras sociedades. La inteligencia artificial, imbuida en drones, en aviones autónomos y robot-soldados, algo que cada día que pasa es menos ciencia-ficción y más realidad. Es posible que estas armas vayan a tener un mayor impacto en el corto plazo que las armas nucleares, porque los escrúpulos para utilizarlos serán menos incómodos de evadir.

China, Rusia, Estados Unidos… quien domine estas nuevas tecnologías determinará el rumbo de los próximos cien años.

Actividades grupales

Hace años, siendo un adolescente, leí la novela “Sin novedad en el frente”, escrita por escritor alemán Erich Maria Remarque en los años 20. Cuenta el sinsentido de la Primera Guerra Mundial desde el punto de vista de un joven soldado alemán.

De esta novela quedan en mi memoria algunas escenas que me impactaron, como la del protagonista viajando en el tren para ver a su familia por unos días, por un permiso que le han dado, para volver luego otra vez a los horrores de la guerra de trincheras. Y otro de los momentos que recuerdo es cuando unos cuantos soldados se juntan para cagar juntos en el campo, mientras hablan y bromean.

¿Cagar juntos? En el mundo en el que vivimos hoy en día es algo bastante inusual, las casas de hoy proporcionan una intimidad en la que no es posible una cagada comunitaria, simplemente no tenemos letrinas pegadas una junto a otra. Pero en el pasado era diferente. El ejemplo más notorio son las letrinas romanas, lugar que invitaba a animadas conversaciones mientras la gente “enviaba sus faxes”.

Realmente no se sabe lo suficiente acerca de como se cagaba en el pasado, en parte porque hasta hace poco ha sido un tema que no atraía a los investigadores, temerosos de ser tratados con pitorreo en sus comunidades académicas. Dedicarte durante años a este tema frente a otros más prestigiosos requiere espaldas anchas, pero es un terreno “fértil” e inexplorado que acabará siendo tratado debidamente.

En todo caso, las infraestructuras que disponemos hoy en día para desahogarnos en la intimidad es algo reciente, durante la mayor parte de la historia de la humanidad se ha hecho como buenamente se ha podido y probablemente era una actividad más “social” de lo que es hoy en día.

Cosas del avance de la humanidad.

Esclavos

Todas las sociedades que han dejado atrás la fase de cazadores-recolectores han tenido una fase esclavista. Es algo común a los babilonios, los egipcios, los griegos, los chinos, los romanos, los aztecas, los mayas, ghaneses, etíopes, españoles, portugueses, ingleses…

Supongo que viene con el concepto de propiedad, una vez que éste aparece y no tienes el concepto de igualdad entre los seres humanos, “cosificas” a los enemigos, a los que parecen diferente a ti, y son candidatos a convertirse en propiedad.

Los afroamericanos sienten una esclavitud reciente, a través de historias orales en sus familias, de historia documentada y de las consecuencias que todavía hoy sufren. Una esclavitud que al estar basada en la raza es todavía “visible”.

Pero seguramente todos y cada uno de nosotros tenemos esclavos en nuestro árbol genealógico. La diferencia es la distancia en el tiempo, que no permite retener las historias orales, que no está documentada, que al no estar probablemente basada en la raza no es “visible” o a quedado diluida con el paso de las generaciones.

Efecto Mariposa Ibérica

La palabra España deriva de la romana “Hispania”, utilizada para referirse al la Península Ibérica, que a su vez procede de la palabra de origen griego Iberia.

Así que “España” debería referirse al conjunto de lo que hoy es España y Portugal (y si somos tiquismiquis, también Gibraltar). Hay que tener en cuenta que hasta el siglo XVII el concepto de “las Españas” incluía Portugal, y fue el hecho de que la mayor parte del territorio de la península correspondía al rey de Castilla y Aragón lo que acabó decantando la apropiación del término por parte del Estado que hoy tiene ese nombre.

Pero nos podíamos haber ahorrado esta confusión si un niño de casi dos años no se hubiera muerto de repente. Miguel de la Paz, se llamaba, hijo de Manuel I de Portugal y de Isabel, hija de los Reyes Católicos, heredero de todos los reinos de la Península Ibérica. En aquella época, hasta los niños que pertenecían a la realeza se morían cada dos por tres, aunque hubiera sido colmado de atenciones por la mismísima Reina Isabel.

Es un ejercicio interesante de historia-ficción, el imaginar que hubiera pasado si aquel niño no hubiera muerto. La legitimidad de ese infante hubiera sido mucho mayor que la que tuvieron los Austrias ochenta años después, cuando se unieron todas las coronas de la península durante 60 años. Quién sabe, quizás la unión ibérica hubiera perdurado, podría haber llegado al presente una “España” auténtica y plena, con sus tensiones independentistas, como las tenemos hoy con Cataluña o el País Vasco, pero unidos al fin y al cabo.

Un simple resfriado que acaba mal, un bebé de menos de dos años muere, y siglos de historia son re-ajustados. Es el ejemplo del efecto mariposa en la Historia.

Juego de Tronos

Hace poco leí el libro El Cid de Pérez Reverte, que lo muestra como lo que probablemente fue, un mercenario que luchaba en un tiempo en el que existían señores y sus dominios, no naciones, en los que la mayor parte de la gente no sabía leer un mapa, en los que sobrevivir era un gran logro.

Estos días estoy viendo una serie de televisión sobre El Cid, algo mejorable, pero que ayuda a visualizar aquella época. Un tiempo en el que todavía debía quedar una memoria borrosa del origen godo de la mayor parte de los nobles, en el que la guerra y la violencia eran habituales, en el que los intereses de poder y familiares eran más importantes que cualquier concepto identitario.

Y a pesar de todo, hay gente que considera que esas historias de “juego de tronos” dan sentido a una nación.