Black Mirror hace 100 años

Una de las series de televisión que más me ha gustado en los últimos años es Black Mirror, serie en la que se plantea como unas innovaciones tecnológicas plausibles y cercanas pueden afectar a las personas en un futuro próximo: implantes cerebrales que graban todo nuestro día a día, recreaciones virtuales de personas fallecidas, monitorización extrema en las redes sociales… La tecnología nos cambia y es interesante jugar con estas ideas de “ciencia-ficción a la vuelta de la esquina” con el fin de anticipar como nos va a cambiar.

¿Qué historias podría haber escrito un autor en el año 1900 siguiendo el mismo planteamiento? Los escritores de hace más de cien años, como Julio Verne o H.G. Wells, centraron sus creaciones en los inventos y en hechos más grandilocuentes, como submarinos, viajes a la Luna, o la genética, no se centraron en el día a día de personas comunes, enfoque que Charlie Brooker, dio a Black Mirror. Hubiera sido interesante leer historias que especularan con el efecto de la nueva luz eléctrica disponible a cualquier hora del día o de la noche; la posibilidad de hablar a cientos, miles de kilómetros con cualquier persona; ser capaces de ir y volver de vacaciones a otro país en una sola semana; que millones de personas se entretengan viendo lo mismo desde sus casas, a través de algo que llaman “televisor”…

Tantas y tantas cosas que hoy son absolutamente normales en nuestro día a día, que hemos normalizado, sin ser capaces de entender hasta que punto nos han cambiado.

Drones Temporeros

Una empresa israelí ha desarrollado un dron que recoge fruta. Es capaz de seleccionarla en función de su grado de madurez, dejarla en una caja y buscar la siguiente. A cualquier hora del día, durante las horas que haga falta, proporcionando información en tiempo real de estado de la cosecha.

Supongo que esta tecnología tendrá sus peros, todavía no será totalmente funcional, pero es sólo cuestión de tiempo que se perfeccione y ejecute este trabajo mejor que una legión de temporeros.

El mundo cambia, y cambia, y cambia…

Sobre las cosas del querer

La serie de televisión “Soulmates”, creada por uno de los guionistas de Black Mirror, narra un futuro cercano en el que una empresa ofrece la posibilidad de encontrar a tu “alma gemela”.

A partir de esta premisa, cada capítulo cuenta una historia diferente, en la que las personas, la mayoría de ellas ya casadas, se encuentran ante la tentación y el dilema de conocer a verdadera media naranja.

Me gustan este tipo de historias porque más allá de entretenerte te ofrecen la posibilidad de repensar cosas cotidianas. Aunque en este caso nunca he creído en el concepto de “alma gemela”. De hecho considero que es hasta dañino, por el componente de predestinación que conlleva.

Una relación empieza por las circunstancias: te encuentras por casualidad por ahí, amigos de amigos, trabajo, universidad… Hay un componente totalmente azaroso en esto. Luego es cuando viene lo interesante y lo complicado: conocerse, entenderse, disfrutarse. Una relación no está predestinada, hay que trabajarla, y es en ese trabajo donde está el quid de la cuestión. Está la atracción, absolutamente necesaria, pero está también el “querer quererse”.

¿Me hace esto menos romántico? Supongo que es cuestión de gustos, pero para mí es mucho más romántico pensar que si estoy con alguien es porque yo lo he decidido, porque yo me lo he currado, que pensar que si estoy por alguien es porque “alguien o algo” lo ha decidido por mí.

Inercia

Elon Musk decide invertir en Bitcoins a través de Tesla. 1.500 millones de dólares, dentro de poco aceptará Bitcoins como pago para sus coches.

Las monedas virtuales son algo nuevo y volátil, misteriosas, existen varias que luchan por hacerse con el control de nuestras transacciones. Pero han llegado para quedarse. El mecanismo de los últimos siglos en los que los gobiernos centrales de los países tienen el monopolio de la creación de moneda está llegando a su fin.

En un mundo globalizado en el que la tecnología permite repensar el cómo se han hecho las cosas hasta ahora, tiene sentido. Las criptomonedas son un síntoma más de que el concepto de nación-estado está en sus últimos estertores. A las multinacionales eso de las fronteras no les dice nada, la empresa en la que trabajo, por ejemplo, está en un proceso de externalizaciones que está durando años y este mismo mes han despedido a gente en Inglaterra para crear esos mismos puestos de trabajo en Polonia. Me puede parecer mal, como le parecía mal a un ibero del siglo II a.C. las invasiones romanas, o a un artesano del siglo XVIII le podía parecer mal la irrupción de los telares, o a un arriero de principios del siglo XX la irrupción de los camioneros. Me puede parecer mal, estoy en mi derecho al pataleo.

Pero la irrupción de las criptomonedas, la hegemonía de las organizaciones privadas transnacionales, la caída de los estado-nación son cosas de la inercia histórica. Ni mejor ni peor. No es que el mundo en el que estamos viviendo hasta ahora sea un ejemplo de perfección, ¿no? Quizás, quién sabe, lo que viene no sea tan malo.

Tropezar en miles de piedras

Apenas llevamos un puñado de miles de años de Historia y sólo los últimos siglos con hechos bien documentados. Para antes de la escritura sólo tenemos la paciente labor detectivesca de los arqueólogos.

¿Cómo se verá la Historia desde un futuro más o menos lejano? Pongamos, el año 100.000, cuando la cantidad de hechos documentados sea enorme, tanto por los siglos cubiertos como por el detalle registrado. ¿Seremos capaces de ver los errores repetidos, la majadería de las diversas generaciones, seremos capaces de aprender de todo ello y mejorar en algo?

El futuro de la guerra es el futuro del mundo

Ha sucedido repetidas veces a lo largo de la historia.

Aprendimos a lanzar piedras y empezamos a matar a distancia.

A la piedra le incorporamos un palo y la convertimos en una lanza, aumentando así su precisión, su maniobrabilidad y su potencia.

A alguien se el ocurrió utilizar otro palo y una cuerda para inventar un arco, y nuestro radio de acción se multiplicó. Por el camino extinguimos mamuts, grandes felinos, conquistamos territorios, arrasamos poblados.

Luego le vino el turno a los metales, cobre, primero, hierro después. Los que disponían de los secretos del hierro levantaron imperios y esclavizaron a los perdedores.

Tiempo después el gran salto evolutivo en la guerra fue la pólvora. Los cañones acabaron por convertir en inútiles las murallas que rodearon durante miles de años las ciudades. Los mosquetes empezaron a cambiar la lucha cuerpo a cuerpo por la muerte a distancia. Los rudimentarios mosquetes evolucionaron hasta ingenios que vomitan muerte a cientos de veces por minuto.

Al mismo tiempo la muerte empezó a venir por el aire, matar se convirtió en algo más distante y masivo.

La cumbre tecnológica en el arte de matar llegó con las bombas atómicas, acabar con toda una región apretando un botón a miles de kilómetros de distancia.

Las tecnologías militares han dado forma al mundo, el mundo es como es hoy debido en buena parte a las armas que han estado a disposición de los seres humanos en cada momento de su historia. Es cierto que la evolución exponencial en la capacidad de matar no está relacionada con el número de muertos. Hoy podemos matar mucho más y más eficientemente que en ningún momento de la Historia, pero como defiende Steve Pinker hoy muere menos gente por guerras que antes. De alguna forma también ha crecido de forma exponencial el lado positivo del concepto “civilización”. Sin embargo vivimos en un peligroso equilibrio, un sólo evento catastrófico puede arruinar las estadísticas, un “cisne negro” decisivo y mortal.

Una nueva generación de armas es una nueva vuelta de tuerca que va a transformar nuestras sociedades. La inteligencia artificial, imbuida en drones, en aviones autónomos y robot-soldados, algo que cada día que pasa es menos ciencia-ficción y más realidad. Es posible que estas armas vayan a tener un mayor impacto en el corto plazo que las armas nucleares, porque los escrúpulos para utilizarlos serán menos incómodos de evadir.

China, Rusia, Estados Unidos… quien domine estas nuevas tecnologías determinará el rumbo de los próximos cien años.

1020

En el año 1020 Madrid era parte del Emirato de Toledo, Tarragona estaba en el Emirato de Saragossa, Sancho III era el Rey de Pamplona, y por su matrimonio dominaba también el condado de Castilla, Álava y Monzón.

En una época de guerras habituales, de violencia, de analfabetismo, de paupérrimas condiciones de vida, nadie hubiera sido capaz imaginar ni un 1% el mundo que existiría mil años después, en 2020.

¿Cómo será el mundo en el 3020?

Transiciones a tutiplén

De coches que utilizan combustibles fósiles a coches eléctricos, de consumo masivo de carne a consumo más vegano, de tiendas físicas a compras virtuales, de presencia física para trabajar a trabajar en remoto, de dinero físico a dinero virtual, de globalización al resurgimiento de nacionalismos…

Nada es estático, todo cambia, todo siempre ha cambiado. Pero el ritmo de cambio continúa acelerándose, los historiadores verán este siglo XXI como el comienzo de una nueva era. 

Las huellas del Tiempo

Existen cosas que son imposibles de saber. Por ejemplo, el nombre de un campesino que vivió en una pequeña aldea de algún lugar de Europa durante el siglo III DC. Cuántos hijos tenía, como le llamaban sus amigos, las canciones que le cantaba su madre cuando iba a dormir.

Sabemos los nombres de algunos reyes o generales del pasado, nombres de batallas, gracias a la arqueología podremos encontrar vasijas o monedas, huesos de algún anónimo cadáver, podremos saber de qué murió o de qué se alimentaba, pero nunca podremos saber su nombre.

Aunque podemos deducir muchas cosas del pasado, el tiempo ejerce su dictadura con su avance hacia el futuro y ha dejado muchas cosas que nunca podremos saber por el camino.

Pero la tecnología ha abierto una puerta que antes no existía. Un historiador del futuro, de dentro de miles de años podrá saber mi nombre, las canciones que me cantaba mi madre, cuántos hijos tengo, lo que pensé un día como hoy, en el que escribía estas líneas.

Nosotros, las personas que vivimos en esta época que nos ha tocado vivir, tenemos la oportunidad de ser recordados.

Lo que todavía está por venir

El deshielo causado por el Cambio Climático puede resucitar virus y bacterias que han estado “durmiendo” durante miles o incluso millones de años bajo capas de permafrost.

No es una historia de ciencia-ficción, es un peligro real del que advierten los científicos.

El Covid-19 puede ser visto entonces como un funesto “entrenamiento” para lo que puede venir en el futuro.