Pregunta cuándo

Los titulares alarmistas suelen captar tu atención, no es fácil de evitar. Hoy acabo de leer uno que puede entrar dentro de este territorio, pero que resulta convincente. Va sobre burbujas financieras, sobre lo mal que pinta el ritmo de crecimiento en diferentes areas: la deuda, la bolsa, el valor de las casas, las criptomonedas… Y lo que es peor, según este artículo la crisis que puede venir como consecuencia del estallido de la burbuja será peor que en crisis anteriores debido a que esta vez la burbuja ha entrado en territorios globales, diversos y “contradictorio” (las medidas para frenar una de los problemas son las medidas para incentivar los otros).

Una crisis más, una grande y gorda. La vida está llena de ellas, si este tipo no acierta con su pronóstico, acertará otro. Es como lo del meteorito, la pregunta no es si un gran meteorito se estrellará contra la Tierra, la pregunta es cuando.

Inercia

Elon Musk decide invertir en Bitcoins a través de Tesla. 1.500 millones de dólares, dentro de poco aceptará Bitcoins como pago para sus coches.

Las monedas virtuales son algo nuevo y volátil, misteriosas, existen varias que luchan por hacerse con el control de nuestras transacciones. Pero han llegado para quedarse. El mecanismo de los últimos siglos en los que los gobiernos centrales de los países tienen el monopolio de la creación de moneda está llegando a su fin.

En un mundo globalizado en el que la tecnología permite repensar el cómo se han hecho las cosas hasta ahora, tiene sentido. Las criptomonedas son un síntoma más de que el concepto de nación-estado está en sus últimos estertores. A las multinacionales eso de las fronteras no les dice nada, la empresa en la que trabajo, por ejemplo, está en un proceso de externalizaciones que está durando años y este mismo mes han despedido a gente en Inglaterra para crear esos mismos puestos de trabajo en Polonia. Me puede parecer mal, como le parecía mal a un ibero del siglo II a.C. las invasiones romanas, o a un artesano del siglo XVIII le podía parecer mal la irrupción de los telares, o a un arriero de principios del siglo XX la irrupción de los camioneros. Me puede parecer mal, estoy en mi derecho al pataleo.

Pero la irrupción de las criptomonedas, la hegemonía de las organizaciones privadas transnacionales, la caída de los estado-nación son cosas de la inercia histórica. Ni mejor ni peor. No es que el mundo en el que estamos viviendo hasta ahora sea un ejemplo de perfección, ¿no? Quizás, quién sabe, lo que viene no sea tan malo.

¿Caviar caro? Bien.

Para mí, el caviar iraní siempre ha sido el estereotipo de objeto de lujo. Creo que nunca he probado caviar de verdad, sólo sucedáneos, pero la verdad es que nunca me ha llamado la atención. Siempre he tenido clara la diferencia entre precio y valor. El precio es sólo el resultado de la combinación de la oferta y la demanda, un precio alto no quiere decir que algo sea mejor. Estoy convencido que, por ejemplo, un buen huevo frito, con su puntilla es un manjar que es superior al caviar, si los huevos fritos fueran más escasos que el caviar tendrían un precio más alto. Otro ejemplo es el aire que respiramos, seguramente el bien más valioso que está a nuestro alcance pero, ¿cuánto pagamos por él? Nada.

Hoy no pagamos por el aire, resulta raro pensar en ello. Pero no es tan difícil imaginar un futuro en el que la calidad del aire sea tan peligrosa que las empresas la vean como una oportunidad de negocio. De hecho, esto ya existe, si pensamos en la venta de purificadores de aire, un negocio que empieza a ser considerable especialmente en las urbes donde la contaminación es elevada.

Llevado a un extremo, podríamos llegar a situaciones en las que botellas de oxígeno sean absolutamente necesarias para sobrevivir: las necesitarían unos colonos en Marte, o los supervivientes de una hecatombe nuclear, por ejemplo.

Ojalá no lleguemos a situaciones en lo que lo más básico sea extremadamente caro. En cierto sentido, que existan cosas superfluas y caras, como el caviar, es un síntoma del nivel de abundancia de una sociedad.

42 y sistemas económicos

El día que hayamos desarrollado esa inteligencia artificial a la que preguntarle cuál es “el sentido de la vida, del universo y todo lo demás”, lo que de verdad tenemos que preguntarle es cuál es el sistema económico y político más adecuado para disfrutar de una sociedad lo más equilibrada posible.

Lo más seguro es que responda “42”, porque ni la inteligencia artificial más poderosa será capaz de resolver ese problema.

Logística

En este nuevo mundo en el que nos hemos despertado esperamos recibir un producto al día siguiente de hacer un click en una aplicación o página web. Como niños mimados que somos, nos acostumbramos muy rápido a todo y las empresas tienen que estar a la altura de esta capacidad para entregar productos.

Hoy es “entrega al día siguiente”, mañana será “entrega en el mismo día”, ¿por qué no? Alguna empresa conseguirá dar una nueva vuelta a la tuerca y tendremos lo que compramos en cuestión de horas.

Así que las empresas tienen que considerar la logística como una factor clave en su éxito, porque no se trata de tener el mejor producto en un tiempo en el que todos los productos parecen iguales. Se trata de poder disfrutarlo tan pronto como sea posible.

Producir

Tesla quiere abrir una megafactoría para producir sus coches y está barajando crearla en Reino Unido o Alemania. No sé que lugar elegirá al final, supongo que también está mirando otros lugares, pero el simple hecho de plantearse lugares de la vieja Europa para manufacturar productos va en contra del paradigma que rige los pensamientos de las empresas actuales, porque todo lo que se refiere a producir productos va hoy al sur de Asia.

La razón principal de elegir el sur de Asia es muy simple. La mano de obra es mucho más barata y las condiciones de trabajo son más “relajadas”. Es una situación transitoria ya que los salarios suben y las condiciones laborales mejoran con el desarrollo de esos países, pero mientras tanto las empresas se benefician manufacturando productos por una fracción del coste que tendrían que aplicar si tuvieran que producir en otros lugares más desarrollados.

Es la ley del mercado, en un mundo globalizado no sólo tiene sentido sino que puede ser considerado justo, ya que ofrece la oportunidad de crecer a los países en desarrollo. A los países en desarrollo les toca sufrir la otra cara de la moneda, disfrutando de productos más baratos pero sufriendo en su tejido económico, que se centra más y más en los servicios y se encamina hacia una región que se parece más a un museo o un parque de atracciones.

Por esto la decisión de Tesla de invertir en los viejos países de Europa resulta chocante. Pero tiene sentido, porque el verdadero salto en los niveles de productividad se consigue con la tecnología y la formación de la fuerza laboral, no con salarios bajos y trabajos poco cualificados. Una sociedad no puede sobrevivir con un tejido económico basado sólo en el sector servicios. Necesitamos producir “cosas”, está muy bien tener bares en todas las esquinas pero los clientes de los bares tienen que pagar con dinero que salga de una actividad diferente.

La desigualdad económica entre los países favorece el movimiento de la producción en un mundo globalizado, pero quizás estamos cerca del punto de inflexión en el que la mano de obra barata no sea el principal factor que decide donde producir, sustituido por la tecnología y la productividad.

Poner precio a las cosas

La mentalidad capitalista nos lleva a pensar en términos de precios, de coste, de beneficio. Somos mercenarios que venden su tiempo y habilidades al mejor postor, pero buena parte de nuestro esfuerzo no existe en ese mercado. Ayudamos a nuestros hijos a hacer los deberes, a pintar la casa a un amigo, le dedicamos horas y dinero a ayudar en el casal de la Falla, nos involucramos en alguna actividad con los amigos que requiere un esfuerzo relevante, trabajamos como voluntarios en alguna organización u ONG o escribimos unas líneas cuando encontramos tiempo.

Es el mercado el que decide qué actividades forman parte de él. Darle patadas a una cosa esférica, dependiendo del contexto, es algo absurdo o algo extraordinariamente lucrativo, si hay suficiente gente que quiera poner dinero para verlo.

Cuenta de Resultados y Divorcios

Las empresas miden el resultado de un año, sus pérdidas y ganancias, y definen el éxito o fracaso del mismo a través del número que obtienen. Se cumplen o no se cumplen objetivos en gran medida en función de si la cuenta de resultados muestra el número que se habían marcado.

Pero medir el éxito y el fracaso de lo que sucede en un año sólo pensando en lo que ha sucedido ese año tiene un punto de riesgo. Porque el éxito o el fracaso de hoy no tiene sólo que ver con lo que hemos hecho en los últimos 12 meses, sino en el trabajo que se ha desarrollado en los últimos años. El origen del beneficio de hoy puede estar en el trabajo que se ha hecho con la “imagen de marca” durante 10 años, los productos que vendes hoy se han desarrollado durante años, antes de que te los quitaran de las manos en las tiendas. De la misma forma, las pérdidas de hoy pueden estar relacionadas con malas decisiones tomadas hace tres o cinco años.

Es cierto que existen mecanismos contables que tratan de gestionar este tipo de efectos, como las amortizaciones que distribuyen el gasto a lo largo de los años en los que se va a utilizar un determinado activo. Pero más allá de lo que se puede cuantificar objetivamente existe una serie de decisiones más intangibles que no se van a reflejar en una cuenta de resultados. Una mala estrategia comercial o de desarrollo de productos puede lastrar la cuenta de resultados durante años.

Llevándolo al terreno personal, es como que alguien tenga un mal año debido a un divorcio. La “cuenta del resultado” del año puede mostrar un año horrible, pero el divorcio seguramente se ha ido gestando durante los años anteriores, a pesar de que la “cuenta de resultados” de esos años no lo refleje. Si los años anteriores no se ha “contabilizado” adecuadamente cosas como el tiempo dedicado a tu pareja, las conversaciones intimas, los regalos inesperados, las relaciones sexuales verdaderamente deseadas por ambos, o las sonrisas, el aparentemente satisfactorio buen resultado de los años anteriores fue solo un espejismo, la hecatombe se estaba gestando frente a tus ojos y no te estabas dando cuenta.   

Monopoly y pasos de cebra

Hace poco leí una broma en Twitter que decía algo así como “lo difícil no es emprender, lo difícil es tener un padre que tenga dinero”.

La movilidad social es más una ilusión que una realidad, si naces en una determinada clase social lo más probable es que permanezcas toda tu vida en ella. Y una de las razones que permite esta perpetuación de unos cuantos arriba de la pirámide es psicológica. Diversos estudios muestran menor empatía para la gente que tiene más dinero; en un curioso experimento usando el Monopoly se ve como personas que consiguen ganar el juego partiendo con ventaja no atribuyen su éxito a las ventajas que arbitrariamente han disfrutado sino que vinculan su éxito a su habilidad en el juego y se vuelven más arrogantes; incluso la probabilidad de ceder el paso a un peatón a punto de cruzar un paso de cebra se reduce drásticamente si la persona conduce un vehículo de alta gama.

Puede que no vivamos en un sistema de castas tan descarado como el que se puede vivir en otras sociedades, pero las castas están ahí, aunque no las veamos.