Perder el contexto, perder el sentido

En la serie documental Larry Charles’ Dangerous World of Comedy, Larry Charles, guionista de la serie Seinfield, entrevista a Genral Butt Naked, un señor de la guerra de Liberia y le pregunta a qué sabe la carne humana. Este le responde que algunas partes saben a costillas de cerdo. Este diálogo no forma parte de un guión, es una conversación real, porque este general ha comido carne humana, muchas veces.

Este general también ejecutaba rituales en los que se sacrificaban niños traídos por los líderes de una tribu que estaban pasando por algún momento complicado. Cuenta el caso de una madre que le suplique que sacrifique a su hija de 3 años porque personas de su tribu estaban muriendo.

Este tipo de pensamiento mágico, el del sacrificio incluso de seres humanos para solucionar un problema, ha sido normal durante miles de años y es el que da sentido a la historia de la Biblia en la que Abraham está a punto de sacrificar a su hijo porque Dios lo quiere. Esta historia está escrita en un contexto en el que era normal sacrificar personas, y lo que ofrece esta nueva religión, es revolucionario: no hace falta matar a un ser humano en nombre de tu Dios.

Pero pasan centenares, miles de años, ese contexto cae en el olvido, y lo que nos queda es una historia confusa en la que parece que el mensaje es seguir a tu Dios, aunque te pida hacer cosas horribles. Fe ciega en tu Dios.

El mensaje original ha quedado totalmente adulterado, ya no tiene sentido.

Esta pérdida de sentido puede ser aplicada a muchas de las ideas que nos influyen hoy en día, de forma más o menos explícita. El mundo de la religión tiene muchos casos, ya que se trata de sistemas de pensamientos anclados en escritos antiguos, pero también puede ser aplicada al mundo de la política, en el que seguir a pies juntillas escritos de pensadores del siglo XIX puede inducir a conclusiones peligrosas en un mundo, el del XXI, que es radicalmente diferente.

Entender la historia es fundamental para entender el presente y el futuro que nos espera.

800 idiomas en Papua Nueva Guinea

   En Papúa Nueva Guinea viven unos 7 millones de personas en una extensión un poco menor a la de España, y es el país con más idiomas del mundo: más de 800 (con una media de 7.000 habitantes por lengua, muchos tienen apenas unas decenas).
 
La mayor parte de la población es de origen “Papú”, descendientes de los primeros seres humanos que poblaron aquellas latitudes hace más de 40.000 años. El resto de población indígena son unos recién llegados como quien dice, los “Austronesios” que llegaron hace “sólo” 4.000 años.
Las razones de esta diversidad:
  • Tiempo – Hace mucho tiempo que los seres humanos llegaron por allí, probablemente mucho antes de que llegaran a Europa, por ejemplo.
  • Orografía – Montañas, acantilados, islas, selvas… Esta isla lo tiene todo, hasta tribus que no tienen contacto con el exterior.
  • La falta de un estado que haya unido la isla hasta hace poco.

Antropología Zombie

 “The walking Dead”. Una siniestra enfermedad ha contagiado a casi toda la humanidad, convirtiendo a todo el que la padece en un zombie come-humanos. Los pocos individuos que no están afectados tienen que huir para no ser devorados e infectados por estos despojos humanos. Pequeños grupos de personas vagan de pueblo en pueblo buscando refugio, comida. Se convierten en tribus que luchan unas con otras, luchando por lo más básico, sobrevivir.

  Como en cualquier relato de Ciencia-Ficción, tienes que entrar en la historia obviando lo improbable de ciertas premisas. Pero una vez dentro, más allá de lo ridículo que pueda parecer al principio ese enjambre de zombies que parece que en cualquier momento se van a marcar un “Thriller” a lo Michael Jackson, la historia me resulta atractiva.

   En primer lugar se trata de un grupo de personas que luchan por lo más básico: seguridad y comida, en definitiva, supervivencia. Contrasta enormemente con nuestra realidad, donde damos por satisfechas estas necesidades y lo que buscamos es conseguir mayores niveles de auto-realización a base de acumular artilugios, de trabajar interminables horas delante de un escritorio, de tratar de buscarle sentido a la vida en una sociedad que desde el punto vista evolutivo es tan nueva y radicalmente diferente a lo que hemos sido durante decenas de miles de años. Nuestro entorno es más complejo, más enrevesado, las decisiones no están claras, el objetivo vital es difuso, desconcertatne. En cambio, en un mundo repleto de zombies, donde matas o te matan, vivir es mucho más peligroso pero a nivel mental mucho más sencillo. El objetivo está claro: sobrevivir. Gilipolleces existenciales, pocas.

  Por otra parte, una propuesta tan exageradamente diferente deja claro que las normas sociales y morales siempre están enmarcadas en un contexto determinado. Una sociedad como la nuestra no puede permitir cosas que los niños lleven armas o tomarse la justicia por tu mano. Pero un entorno en el que el acceso a agua potable puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte, en el que las dudas sobre cierto individuo puede poner en peligro a tu grupo, lo que está bien y lo que está mal es algo que re-escribes sobre la marcha.

   En definitiva, creo que en parte el atractivo de estas historias apocalípticas está en una vuelta a nuestros instintos más básicos, más primarios, un cierto desahogo por vivir como espectador aventuras en las que la vida es más emocionante y polarizada, una válcula de escape para evadirnos de un mundo más complejo y plano.

Comer diferente para salvar a un planeta.

Soy carnivoro, me encanta la carne. Unas buenas salchichas, un bocadillo de lomo, rodajitas de chorizo, y el jamón, diosss, el jamón, pan con aceite, con tomate…
Y así, en mayor o menor medida, miles de millones de personas. Y para saciar nuestros apetitos existe toda una industria carnicera que sacrifica a miles de millones de animales en todo el planeta.Más allá de las condiciones en las que viven y mueren, que ya esto solo tiene tela, la cantidad de recursos necesarios para que podamos disponer de carne en nuestros platos es ingente. No se trata de matar un cordero que tenemos en el corral para alimentarnos, sino de animales que son criados, alimentados, sacrificados, descuartizados, empaquetados y transportados, a cientos o miles de kilometros de nuestras casas. Y esto tiene un impacto en los recursos y el clima del planeta.
 
Naciones Unidas afirma que es necesario reducir el consumo de carne y productos lácteos “para conseguir una relación más saludable con nuestro planeta”.
 
Cambiar la dieta de miles de millones de personas requiere tiempo, por lo que cuanto antes se den los primeros pasos en este sentido, mejor. Pero claro, nuestro sistema político y nuestros políticos son de cortas miras, pensar en el largo plazo, en políticas intergeneracionales, es algo que les viene grande.
 

Que le corten la cabeza

Alrededor de 1.800 personas fueron ejecutadas en 58 países en 2012. Es una reducción en número de muertes y países que la aplican en los dos últimos años (1.900, 63 países en 2011; 2.000, 67 países en 2010.
(Existe unos 200 países en el mundo).

Lo interesante es ver el Top 10 de países que la han ejecutado en los últimos 5 años:

Estados Unidos ocupa un meritorio 5 puesto, el único de los países “Desarrollados” que tiene el honor de pertenecer a esta entrañable lista. Es el país de Charles Bronson, Chuck Norris y Rambo, no hay por qué extrañarse.

China es caso aparte, no se sabe cuantos ejecuta oficialmente, sólo se sabe que son un porrón; y Oriente Medio es especialmente propenso a esto de matar a los malos.

En cuanto a los métodos de ejecución, hay para todos los gustos: decapitaciones, electrocuciones, ahorcamientos, inyecciones letales, varias modalidades de fusilamientos (pelotón, a quemarropa en la cabeza o en el corazón). Y también admiten público en países como Irán, Corea del Norte, Arabia Saudí o Somalia.

Lo interesante de todo esto es que hoy en día es la mejor época de todos los tiempos. Los seres humanos nos hemos “ejecutado” durante toda la Historia de la Humanidad. 
(España dejó de hacerlo hace menos de 40 años).

5 minutos

El progreso tecnológico ha venido acompañado de, entre otras cosas, una forma de “empaquetar” el tiempo. Hasta el siglo XVI los relojes no marcaban los segundos, la gente no medía sus actividades por minutos. Hoy hervimos los espaguetis durante 12 minutos, quedamos a las 7 menos cuarto, miramos constatemente la hora en los relojes de pulsera, los móviles, las esquinas de las pantallas de los ordenadores… El progreso necesita coordinación, ésta precision y gracias a ello podemos realizar cosas que de otra forma no seríamos capaces de hacer.
Pero el ser humano, durante miles de años, se sentó frente al fuego sin entender muy bien el concepto de “5 minutos”.

Saber demasiado

En España lo normal es que los padres queramos saber el sexo del bebé antes de que nazca. Llevo unos años en el Reino Unido y una de las diferencias culturales que te sorprenden un poco es que aquí las parejas normalmente no quieren saberlo. 

Pero en otras regiones del mundo esta posibilidad puede tener consecuencias bastante más perversas: en India han llegado a prohibir que los médicos comuniquen el sexo del bebé para evitar que la preferencia cultural por tener varones pueda perjudicar el futuro del feto. Su ratio de hombres/mujeres al nacer es del 1.12, uno de los más altos del mundo.