El Sentido de la Vida

El licenciado Amadeo Ernesto Cifuentes Carmona no tuvo en vida el don de la mesura. Fue un hombre de convicciones tornadizas, variadas e inestables, pero apasionadas e inapelablemente efervescentes mientras duraron, carácter que manifestó en todos los ámbitos de la vida. Amó sincera y efímeramente a cientos de mujeres de diferentes edades, condiciones, municipalidades y grados de belleza; defendió ardorosamente la propiedad privada, el marxismo troskista, la venta libre de armas, el movimiento hippy, la cirugía plástica, la fecundación invitro, los discursos antiabortistas, las multinacionales petroleras, el movimiento ecologista, la caza de ballenas, las religiones evangélicas, mormonas y episcopalianas, el islamismo sunní, el chií, el ateísmo beligerante, las centrales nucleares y el uso terapéutico de la marihuana; trabajó incansablemente en las plantaciones de azúcar, en las fábricas de puros, en las administraciones estatales, en el ejército, recibiendo por ello un buen número de premios y honores por su ejemplar y proletaria dedicación y esfuerzo; pero también fue despedido, denunciado y castigado en ocasiones por su dejadez, absentismo e inoperancia. El todo o la nada, la luz o la oscuridad, la innegable volubilidad de un genio que le acercó a verdades iluminadas pero que también fue la causa directa de su muerte.

Fue en una de sus estancias en la cárcel, cumpliendo una breve condena por abandono del puesto de guardia en el cuartel de artillería de Baracoa, cuando el licenciado Amadeo Ernesto Cifuentes Carmona creyó degustar el verdadero sentido de la vida. Estaba ahí, entre sus labios, humedecido por su saliva, transmitiéndole milenios y milenios de añeja sabiduría… ¡El banano, el banano frito era la clave de todo! A pesar de formar parte de una ración carcelaria torpemente condimentada, pudo intuir las complejas maquinaciones que la Naturaleza había codificado en las entrañas de aquél fruto sano, cercano, económico y común hasta la vulgaridad. Al éxtasis callado de la iluminación siguieron carcajadas de alborozo que despabilaron a carceleros y compañeros de condena…

…y el resto, en este libro…