Tal como éramos


   Las exigencias del ser humano primitivo eran distintas a las nuestras.

   En lugar de agobiarse por la falta de cobertura en el móvil se angustiaban por el tigre que merodeaba los alrededores y que le había marcado como objetivo para el almuerzo; no acudían refunfuñando al trabajo, maldiciendo su mala suerte por el jefe que les había tocado, sino que mostraban su estupefacción ante la aparente arbitrariedad de los Dioses a la hora de terminar con la vida de los niños de la tribu; no necesitaban de una aparatosa infraestructura tecnológica para ser entretenidos, sino que se juntaban alrededor de una hoguera para contarse historias.
   Y lo curioso es que es posible que las emociones que sentían ellos y las que sentimos nosotros sean las mismas, con intensidades parecidas, a pesar de que el estímulo externo que las provoca tenga consecuencias diferentes (“Batería del móvil está a punto de acabarse” vs “Serpiente Pitón a punto de engullirme”, por ejemplo).   


 

Miradas desde el futuro

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  Defender la esclavitud por el impacto económico que supondría liberar a los esclavos, un punto de vista que podría defender un latifundista del sur de Estados Unidos a mediados del siglo XIX, nos parece una barbaridad, visto desde nuestro bien entrado siglo XXI. Por encima del impacto económico que puede sufrir parte de la población está el respeto a los derechos humanos.

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  Del mismo modo, oponerse por el inevitable impacto económico a medidas drásticas para acabar con un sistema económico que beneficia a unos pocos pero que arruina el medio ambiente a nivel global, afectando el presente y a generaciones futuras, será visto tan anacrónico en un futuro cercano como percibimos hoy la esclavitud del siglo XIX.