Los reptiles extraterrestres dominan el mundo…

Va por delante que soy ateo, escéptico y bastante cabezón. No es que confíe ciegamente en la Ciencia, porque reconozco sus limitaciones, pero desconfío de todo aquello que huela a esotérico o pseudociencia.

El caso es que conocí hace algún tiempo a un compañero de trabajo al que tengo bastante aprecio. Solíamos comer juntos por lo que poco a poco trabamos una buena amistad y disfrutamos de bastantes horas de entretenidas conversaciones y debates, cuya temática fue adentrándose paulatinamente en terrenos que a él le apasionaban: astrología, numerología, reencarnaciones, teorías de la conspiración… Desde puntos de partida diametralmente opuestos cuestionábamos las posiciones del otro sin llegar nunca a un mínimo acuerdo en nada.

Pero a mí me fascinaba ese mundo mágico en el que él creía, todo un universo de explicaciones fantásticas que no parecía tener fin. No era un mero aficionado a estos temas, como creía al principio, sino que se confesó todo un estudioso que era capaz de dar coherencia a las, para mí, más disparatadas teorías. Creencias que iban ganando en complejidad para garantizar su coherencia interna: los americanos no llegaron a la luna, fue todo un montaje, y los rusos, enemigos acérrimos del momento, no lo denunciaron porque la rivalidad norteamericano-soviética no era más que un montaje organizado por el verdadero gobierno en la sombra del planeta: una raza de reptiles extraterrestres que controlan el mundo desde tiempos inmemoriales, que viven mayoritariamente en enormes estructuras subterráneas, aunque algunos de ellos adoptan formas humanas, como el propio George W. Bush, que es uno de ellos. No, no es coña, hay gente que cree en cosas así. Y hay muchas otras historias que me contó, y que me arrepiento no haber anotado porque eran realmente deliciosas: los aviones realmente vuelan por sistemas de antigravidez ocultos en sus alas, las teorías de Newton y Einsten son sólo patrañas para engañarnos, los niños que desaparecen en el mundo son devorados por una selecto grupo de adinerados masones, no hay que vacunar a los niños porque todo forma parte de un plan para atontarnos y controlarnos mejor…


Pero lo que me fascinó no es que alguien pueda creer en tremendos disparates. Lo que me dejó perplejo fue mi incapacidad para rebatir sus argumentos porque según él yo era el equivocado, el desinformado, el engañado y encontraba argumentos para contrarrestar cualquier punto, formando una auténtica bola de nieve de disparates.

La materia prima de nuestras creencias reside en una serie de axiomas, de fe en unos principios. Los míos se basan en la Navaja de Ocam, en un reconocimiento de que todo es más simple de lo que parece, de que la complejidad de la realidad no puede ser controlada por nadie, que no tiene por qué haber nadie controlándolo todo. Pero también reconozco que mi fe en la Ciencia hace que me “crea” muchas de sus teorías aunque no sea capaz de explicarlas realmente (no soy capaz de explicar porque la materia se atrae en función de su peso y de su distancia). Otras personas, en cambio, parten de axiomas diameltralmente opuestos y en base a ello pueden construir realidades totalmente diferentes, ya se trate de escenarios basados en reptiles extraterrestres, en un Dios católico o en un mundo sin deidades. 

Por tanto, sin acuerdo en los puntos de partida más básicos no puede haber punto de encuentro y a partir de ahí cualquier cosa, por extremadamente ridícula que parezca, es posible… Aunque no lo sea (valga la contradicción).

 

¿Qué quieres ser de mayor?

Esta es una pregunta que durante las últimas generaciones se ha hecho a los niños, pero que probablemente va a quedar en desuso otra vez.
Hace cientos, miles de años, probablemente no se planteaba porque sencillamente no habían opciones, serías lo que tenías que ser: cazador, agricultor, soldado… Es durante las últimas generaciones cuando se plantean alternativas, la posibilidad de elegir una profesión: zapatero, panadero, viajante, ferroviario… Una vez elegida, probablemente era el trabajo/profesión que tendrías para toda la vida y formaría parte de la idea que los demás tendrían de esa persona.
Pero en la situación actual ya no hay trabajos eternos. Estudias lo que quieres o lo que puedes, empiezas a trabajar en lo que te dejan y vas cumpliendo ciclos en los que cambias de profesión y de sector cada pocos años. Si te preguntan ¿qué haces? o ¿a qué te dedicas? te queda un inquietante poso de provisionalidad, de “sí, pero”, de necesidad de justificarte, porque en realidad lo que haces no es lo que eres o lo que quieres ser.
Y todo porque cuando nos preguntaban que qué queríamos ser de mayor nos indujeron a creer que cualquier cosa era posible. El exceso de oferta puede ser contraproducente.